Acto de (re)conciliación


32 horas sin dormir. Entre toda la gente que tengo alrededor nadie se ha fijado en mis uñas sucias. Sale una mujer del despacho y dice mi nombre. Hola que tal, su DNI, si señora, si señor, los buenos días.
Entramos en el despacho y detrás nos sigue el abogado de la empresa. Parte demandada.

Es un tipo majo, no dan ganas de despellejarle. Firmamos los papeles del acta de conciliación dejando bien clarito que no estamos de acuerdo. Lo hacemos tan conformes que cualquiera lo diría. Cuando recupero mi carnet y lo guardo en la cartera pierdo el hilo del asunto. Ya no sé de qué estamos hablando. La cháchara se prolonga más de lo necesario, sobre todo considerando que mi abogado está camino de Logroño. Logroño, me hace gracia. Logroño.

Pensando en la nada estoy fuera hablando con el abogado de la empresa. Enciendo un cigarro para ahorrarme las respuestas, sigo sin tener mucha idea de lo que me está diciendo, puede que me esté hablando de Logroño, ese lugar al que acuden los abogados a reunirse en un salón secreto para conspirar mientras decapitan pollos y ven pelis de Ernest Lubisch en tres putas dimensiones.

Me dice que demandar no lleva a ningún sitio, que el juicio saldrá dentro de un año, que Manolete ha muerto, que la ley ahora está muy jodida para nosotros, los trabajadores. Me jode como lo dice, vosotros.

Le digo que no levante el teléfono para molestarme por menos de diecisietemileuros. Ese es mi vosotros, en cursiva.

Me despido y pongo una conferencia con Logroño, el pollo está en el horno, alfa, tango, zulú.

Me descojono y cuelgo.

Estoy en paro y tengo tiempo. Soy un arma letal.

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