Carboplatino con naranja


Seis días hace desde la primera sesión de quimio. Mucha mantita, mucho edredón y mucha serie yankie inundándolo todo. Maria pegadita a mí, cocinando, charlando, paseando, durmiendo.

La cosa no ha sido para tanto. Tres días de cierto malestar, de cierto acaloramiento pasajero capaz de convertir el cerebro en un elemento gaseoso que se desperdigaba por el cuarto. Por suerte apenas he tenido nauseas.

Así que mi llamamiento general, en plan venga todas venid a mí que esto se acaba y cerramos el chiringuito, quedará aplazado hasta más ver.

Pasados los efectos secundarios solo queda un cansancio bastante llevadero. La médula ósea está para el arrastre, de forma que la disminución de leucocitos, glóbulos rojos y toda la parafernalia tocará fondo este fin de semana. Así que nada, mucho reposo y mucho nada de nada. Contaré miles de veces las vigas tan monas de mi techo y dormiré las catorce horas que yo mismo me he recomendado para acortar los días.

Las mañanas son buenas, pero con el transcurrir de las horas el empanamiento va haciendo mella en mi cuerpo.

En el fondo me gusta estar un poco malito.

Reducir la actividad a mínimos me produce cierta felicidad extraña, áspera, seca.

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