Marcadores cancerígenos

Mis niñas me han dejado a solas en casa durante un par de horas. Un tiempo necesario para mirar hacia dentro y analizar lo pasado.

Esta mañana no me duele apenas la cicatriz. Lo que ayer era un complejo dolor lleno de curiosas punzadas, hoy no es más que una molestia sencilla y manejable. Desperté y al abrir los ojos casi me incorporo de un salto. No recordé el motivo que me había llevado a esa cama y por unos instantes el problema había desaparecido.

Todavía no sé los resultados del análisis patológico. Tardarán un par de semanas en informarme de lo que tendremos que hacer después y todas las posibilidades de tratamiento.

Lo que sí he hecho es ensayar todas y cada una de las caras que pondré en función del diagnóstico. Todas las posibilidades están valoradas, etiquetadas y almacenadas en mi estantería imaginaria. Cuando mi doctora diga algo, yo solo tengo que elegir la reacción adecuada, abrir su esencia y empaparme de ese sentimiento ya sentido, ya probado, ya ensayado frente al espejo.

Las grandes reflexiones las dejo para más adelante. Ni he visto la luz ni he tomado conciencia de la fragilidad humana. Tampoco es que me vaya a hacer buena persona de un día para otro y desde luego, tampoco pienso correr a comprarme ningún libro de autoayuda. Sencillamente esperaré, lo más tranquilo posible, mientras ensayo un nuevo yo que se haga cargo del asunto en un futuro.

Una frase de la canción de una amiga ronda mi cabeza ahora.

Ojalá que mañana pase algo bonito.

De una puta vez, añado.

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