Los toros

Hace semanas una polémica de altura intelectual comparable a la cabra en el taburete nos vino a sacudir una vez más. A raíz de una ley que decía no sé qué, mucha gente opinó sobre el asunto tratando de convencer al resto de sus razones.

El asunto era los toros. La fiesta nacional. España, sus señas de identidad y el puteferio patrio. Unos condenando el maltrato animal y otros queriendo conservar el espectáculo que tanto les gusta. Muchas razones cruzadas y muchas páginas con lo mismo.

A mí me pilló de buenas, de tal forma que me lancé a consumir las opiniones ajenas como si de una barra libre moral se tratase. Finalmente el aburrimiento ganó la batalla. Nada nuevo bajo el sol. Cada tres años el tema sale a debate y durante un periodo corto de tiempo los listos del país muestran su filete intelectual o su propaganda progre de alta alcurnia. El resultado es el mismo, nadie convence a nadie. Como siempre.

No pude leer ningua opinión realmente novedosa o arriesgada, nada que me hiciera tiritar de frío, por decirlo de alguna manera.

Los unos aduciendo que algo tan nuestro y que nos aporta generosos beneficios bien debería estar protegido, aseado, y finamente explotado para solaz del turismo y disfrute de aquellos aficionados que entienden bien el arte del toreo. Ese José Tomás, qué arte más grande mi niño.

Está claro que los toros son una actividad tremendamente arraigada en nuestro país y que genera dinerito del bueno e incluso puestos de trabajo. Claro está que el que prohíban algo que te gusta te jode y lo natural es intentar que no te lo quiten. Claro está que desde que el mundo es mundo, una de las cosas que más nos ponen y a las que más tiempo hemos dedicado es a la tortura. Imaginación y empeño nunca nos ha faltado. El hijodeputa que todos llevamos dentro disfruta mucho torturando a sus semejantes y a los animales con sorprendente profesionalidad y numerosos parches morales que lo justifiquen. Que somos gentuza está claro y a mí casi que me parece bien. O lo mismo me da.

Sabeis de sobra, aquellos que me conocéis, que soy muy poco partidario de las causas colectivas. A mí, francamente, el sufrimiento animal me la trae un poco floja. No firmo las cartas de condena ni rebobino los dvds cuando los llevo al videoclub. Soy consciente del pequeño cabrón que llevo dentro y procuro, con suerte dispar, que su voz no se alce demasiado.

Ahora bien, me interesa el tema desde un punto meramente racional. Casi lógico. Todos sabemos lo que se opina sobre el asunto, y al final nadie convence a nadie. Ahora bien, como en cualquier discusión, aunque no en todas, creo que alguien tiene la razón.

Para resolver el entuerto tendremos que saber quién la tiene. Creo que dos puntos de vista opuestos no la pueden tener. De forma que sin tener que analizar mucho ya sé de que parte está la razón.

Aquellos que opinan que los toros son una canallada y deberían estar prohibidos tienen la razón. Así de claro lo digo y creo que todos, absolutamente todos, incluído el último banderillero de cádiz, lo sabe.

Llegados a este punto aquellos que legislan y deciden tienen que pensar qué hacer. Ese sí es el debate, la cuestión, el tema. ¿Qué hacemos ahora que ya sabemos quién tiene la razón?

Yo desde luego no pienso hacer nada. Si de mí dependiese, el hombre jamás habría llegado a la luna, puede que ni a Siberia.

Otra cosa es lo que me gustaría. Y ahí viene otra pregunta interesante. ¿Prefiero vivir en una sociedad en la que aquellos que no poseen la razón puedan disfrutar de un espectáculo cruento que nos convierta a todos en algo peor de lo que somos?

No, no y no. Yo prefiero ser mejor. Punto.

Ojalá algún presidente prohíba la fiesta. Así, sin dar demasiadas explicaciones, arriesgándose a no ser elegido nuevamente ni en su comunidad de vecinos, condenándose al olvido de la historia e incluso a la antipatía general de sus ciudadanos. Ojalá el responsable nos haga mejores a todos anteponiendo la razón al gusto de las masas.

De forma que espero el día en el que alguien lo haga. Ese día en el que pueda leer en la prensa que algo que es una vileza moral queda terminantemente prohibido. De esa manera me sentiré un poco mejor ya que sabré que todos seremos un poquito mejores.

Los que tenían la razón y los que no.

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