Lo mismo da


En los últimos días algunas personas me vienen preguntando que cómo estoy. Cómo estás, me dicen. Así sin más. Y tú venga a contestar como si existiese una respuesta satisfactoria o real a una cuestión tan amplia.

Les digo que bien la mayoría de las veces. Que estoy solo o muy solo y que mantengo pocos contactos personales. Solo disfruto de tardes agradables con personas contadas y que pasar del resto del mundo me satisface enormemente. Que lo que representa el mundo, la gente, lo demás, me resulta tan turbio y desaconsejable como una gripe primaveral.

Soy tan enormemente feliz sin dar explicaciones que me conmueve cuando alguien, dentro de su candor, suspira y me asegura que ya llegará. Te lo dicen así, en frío, sin haber entendido casi nada de mis explicaciones. Ya llegará. Se refieren, claro está, a la llegada del amor, de la pareja, de una buena mujer que me haga el viaje más transitable. Pues os digo, francamente, que pocas veces este viaje me ha resultado más transitable.

Conocer a los demás, llegar al resto como si impactásemos en una diana, me parece una pérdida de tiempo terrible en la mayoría de los casos. Crearnos esa necesidad de ser necesitados se me antoja tan elemental y sencillo como dar las gracias cuando me sirven el cortado.

Son cosas del momento, claro está. Y ahora, por el momento estoy de fábula. Abrigarme a mí mismo cada madrugada me complace enormemente.

De hecho, es a los demás a los que no entiendo. Tanto interés en seducir, en completarse, en fingir conocimiento ajeno como si nuestra realidad tuviera algo que ver con la de los demás. Cada nueva conversación, cada novedosísima discrepancia, cada pequeño malentendido me lo conozco, me lo espero, me lo supongo.

Si ya tengo ciertos pilares sociales a los que adoro. Esa poca gente a la que quiero, respeto y conozco. Si ya tengo ciertos deberes hechos y ya puedo asumir razonablemente la dicha de existir dentro de mí mismo, cómo es que a ciertas personas les resulta tan extraño?

El hecho de que me aburra tanto la mayoría de la gente, es visto por esa misma gente como un hecho inequívoco de amargura o soledad. Pero visto por mí, que al fin y al cabo es la única persona que realmente importa, supone un equilibrio fascinante fruto de toda mi experiencia vital.

En definitiva. Me da exactamente igual lo que le pase a los demás. Me importa bastante poco lo que sienta aquel que no sea yo. Me resulta igualmente insustancial si estoy solo o si no.

Y sobre todo, creerme todo lo que cuento, es tan placentero como peligroso.

Que a mí me da igual si vamos a mejor o a peor, o si no vamos, o si volvemos. Si te estás callada o si dices cosas.

Si las cosas son o no son. A mi me da lo mismo, francamente.

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