El día que no conocí a Joaquín Sabina


El otro día, sin más. Entró en mi bar acompañado de un chico joven y con dos cascos de moto. Pocas cosas tan ridículas como imaginar a Joaquín Sabina encima de una moto y de paquete.

Tan envejecido como uno se imagina, tan acabado como le exige el público.

El poeta, el vividor, el Sabina. Le pregunté qué quería tomar y pude escuchar su voz de serrucho, la de las canciones, la de las cintas de casete que mi hermano le pasaba a mi padre cuando íbamos en el coche. Porque una casa sin ti es una embajada, dijo su voz, una vez, hace mucho. Y yo miré por la ventanilla del coche y me prometí que algún día se lo diría a esa chica que en el futuro me esperaba. Ya veis, el futuro ya ha pasado y ni rastro, sin cobertura.

Un Johnnie Walker con hielo me pidió amablemente. Servirle un whisky a Joaquín es de esas cosas que un camarero como yo siempre ha querido hacer. Si mi vida fuese como debería, tendría otras aspiraciones más importantes. Objetivos concluyentes y no meras notas a pie de página.

Entonces el poeta corre al baño a hacer lo que los poetas hacen en los baños de los bares a las cuatro de la tarde. Su amigo se acerca a mi cara y me suplica que le sirva el whisky aguado. Parece preocupado.

Este tipo ha bebido más de lo que tú y yo podamos imaginar en toda nuestra vida, notará la diferencia. Eso le digo mientras voy sirviendo los hielos. Tranquilo, no se va a dar cuenta, me responde el desconocido. Ahí estoy yo, con el hígado de un mito en mis manos. Las palabras del chico parecen desesperadas, como si una copa más pudiera destrozar al genio de las canciones que cierran los bares.

Me pongo nervioso. Y si le sirvo una copa aguada y el propio Joaquín me lo echa en cara? Como contarle a mis nietos que un día pude servirle un whisky en condiciones y lo que hice fue darle aguachirri? Entonces decido no tener nietos.

Mientras regresa del baño escondo el vaso bajo la barra y abro el grifo. Tres dedos de agua y uno escaso de Jonhy. Mucho hielo disimulando el brebaje. Él se lo lleva a la boca y lo apura de dos tragos. Pagan, arrancan la moto y desaparecen de la plaza.

Eso fue todo. Una de esas cosas extrañas que pasan en los bares a menudo.

El día en el que estafé al guionista de la melancolía. Que Dios me perdone. Y si no, que escriba mejor que el Sabina, pedazo de cabrón.

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