Pasta al whisky


Ayer nos hicimos unos vinos por Lavapiés. Los tres otra vez juntos. Rajamos a gusto de nuestras cosas y nuestra gente, y sobre todo volvimos a discutir sobre relaciones, amores y compromisos.

Ella cree que si la persona merece la pena, el esfuerzo también lo merece. Cree que cambiar es posible y que si no logramos que suceda, la lección será provechosa.

Él opinaba que los cambios son casi imposibles. Y que aunque podamos dar signos de modificar comportamientos externos, en el interior sigue nuestro yo apunto de explotar. Cambios de mentirijillas, por así decirlo.

Yo por mi parte creo que eso de cambiar, sobre todo con un poco de mili a cuestas, es un camelo. Y que si una relación está jodida, nunca va a mejor. Todo lo contrario. Por más que achiques momentáneamente el agua, siempre terminas por hundirte. No conozco el caso en el que algo que está roto, se arregle de verdad.

También considero que si alguien te jode a los dos días, qué no te hará después de un año. Esto me recuerda lo que le decía a las chicas el otro día. En mi vehemencia alcohólica y charlatana exclamé que todos los cretinos, todos los hombres infames y estúpidos, siempre tienen novia. Alguna chica al lado a la que joder la vida. No conozco el caso contrario, y si lo hay, me temo que confirmará mi conclusión etílica.

Los capullos siempre tienen novia. Y a veces, una tía de puta madre.

Puede que tener pareja sea la excusa perfecta para no odiarnos demasiado. La excusa perfecta para subirnos la autoestima de cualquier manera. Sin embargo, pensemos cuantas veces hemos elegido nosotros de verdad a esa persona. Me parece a mí que muy pocas. Creo que son más las ocasiones en las que la cercanía social, el empeño del otro, o la erosión momentánea de nuestro escudo protector consigue que nos embarquemos en según que aventuras amorosas.

Con estas cosas tan aburridas en la cabeza me he venido a casa. Con esta maraña mental me he visto una peli mala mientras comía chocolates variados tirado en mi sofá. Siendo feliz y consciente de la delicada línea que separa elegir de ser elegido.

Luego me he entristecido un poco al comprobar que la casa se desmontaba sobre mi cabeza una noche más.

Poco después he vuelto a confundir la botella de whisky con la del aceite a la hora de enriquecer la pasta.

Y de repente, he sido consciente de que mucho me va a costar cambiar algo de lo que llevo dentro.

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