Gente que casi recuerdo


Últimamente viene mucho a mi boca la palabra prosopagnosia. En parte porque deseo diagnosticarme alguna enfermedad realmente exclusiva, y en parte porque creo que tengo un problema serio para recordar caras. Es una dificultad que he tenido desde pequeño. Una pequeña molestia social que me ha proporcionado grandes momentos a lo largo de mi vida.

Siempre me ha sido difícil recordar un rostro. Necesito ver a la persona varias veces para poder reconocerla de forma natural. Me explico. Me puedes presentar a tu amiga Marina y yo, lo primero que voy a hacer es olvidar el nombre en cuanto lo termines de pronunciar. Luego, puede que ella y yo hagamos buenas migas y pasemos horas charlando y bebiendo y fumando en cualquier barra del barrio. Puede, en el mejor de los casos, que lleguemos a intimar y pasemos la noche juntos. No me miréis así. Es un ejemplo. Sin embargo, si dos días después ella me reconoce en la cola de la panadería y se acerca a saludarme, es posible que no tenga ni la menor idea de quién es. Reconozco a las personas a las que no he visto demasiadas veces por la voz, por algo llamativo de su fisionomía o incluso por su vestimenta. Casi nunca por el rostro.

Este pequeño defecto me lleva a vivir situaciones bastante confusas a menudo. Bajas a la calle y alguien se te acerca. Yo, acostumbrado como estoy a estas situaciones, mantengo una posición neutra mientras adivino el lugar que ocupa la persona en mi callejero social. Acostumbro a dejar hablar a la otra persona para ver si algo de lo que dice la delata. Si ella me pregunta qué tal, yo le digo que currando mucho y si me dice que dónde, ya tengo un dato del tiempo que llevo sin verla. Así hasta un sin fin de pequeñas estratagemas para lograr saber quien es sin preguntar quién eres.

Cuando nos despedimos y veo alejarse a la persona calle arriba, mi cerebro encaja las piezas y de repente ya sé de qué conozco a la persona. Es entonces cuando me arrepiento del trato tan frío que le he dado a alguien que a lo mejor me cae bien. No es nada personal. Solo un pequeño problema. Trabajar de camarero no ayuda. Ver cientos de caras a diario hace que mi cerebro las discrimine por igual a todas. Nada personal, ya digo.



En este momento, creo que solo puedo tener una imagen clara del rostro de nueve personas a lo sumo. Las más cercanas o importantes. Aunque creo que solo recuerdo el color de ojos de tres.

Los ojos, una información realmente prescindible para mi cerebro.

La otra noche, cenando con Kia jugamos a un juego interesante. Ella me preguntaba por algunos rasgos de las personas que conocíamos y yo contestaba de forma sincera. La cantidad de errores y barbaridades era realmente llamativa.
Generalmente recuerdo algo de la cara de la gente si antes he verbalizado dicha característica.

Hace unos años mi compañera de piso me dijo, qué lindos ojos verdes tiene tu novia. Y yo, francamente desconocía ese dato totalmente. Sin embargo, desde ese momento no lo olvidé. No por sus ojos, a los que veía a diario bajo mi edredón, si no porque recordaba lo que me había dicho mi compañera de piso.

También recuerdo otra novia que tenía gafas, y aunque no puedo revivir su rostro en mi memoria, ni sus gafas, si estoy seguro de que las usaba debido a un objeto que teníamos en la mesa del salón. Un curioso artefacto, algo así como un perchero para las gafas. En él se acumulaban docenas de ellas. Todas de mi novia. Pese a todo, recuerdo la sensación cada vez que lo observaba desde el sofá. Parecía que las gafas pertenecían a otras personas. Individuos que al pasar por la casa de mi novia, perdían sus gafas a propósito en el perchero. O mejor aún. Ella los mataba y las guardaba como trofeo. Un montón de novios perdidos y desorientados sin sus queridos anteojos. Docenas de cadáveres en el sótano con miopía perpetua

En ocasiones dudaba si su amor era sincero, al fin y al cabo, yo no uso gafas. Que interés podría tener en mí. Que clase de trofeo exhibiría en mi nombre?

La respuesta fue contestada tras la ruptura, pero esa, es otra historia.

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