Hacerse el muerto

He dado varias vueltas a la manzana antes de subirme a casa. Después de salir del curro. Ausente, como de costumbre. Fatigado, como casi todos los días en los que el trabajo no te lleva a ningún sitio.

He pensado en la manera más gratificante de gastar los cuarenta euros que sudaban dentro de mi cartera. No se me ocurrió nada. Otra vuelta a la manzana. Pensé en la satisfacción de no tener ningún plan a la vista. Ninguna obligación ni apetencia social que impidiese desviar la atención de mi mismo. En el alivio de no tener que posar para nadie. Más vueltas.

Pensé en la posibilidad de que alguien notase que no paraba de dar vueltas a la manzana. No traté de fingir, como de costumbre, que caminaba hacia alguna parte. La camarera de la esquina pudo verme por lo menos media docena de veces doblar el cuello para ver su falda. Me dio la impresión de que ni ella ni nadie notó la diferencia entre mi existencia cíclica en sus vidas y la ausencia de la misma. Entre dar vueltas y no darlas.

Mis pensamientos podrían haber brotado en casa de igual manera y pese a todo, caminar en círculos me ayudó en el proceso. Pensé en viajes que nunca he hecho hasta llegar al estanco. En chicas con poca autoestima hasta el bar de Alfonso. En facturas de luz a partir de la farmacia. Luego, al llegar de nuevo al estanco, recogía mi propio pensamiento de viajes siderales hacia planetas desiertos.

Pulgarcito hacía eso. En realidad quiso hacerlo, aunque sin fortuna. Recoger lo dejado para regresar a casa. Pulgarcito no caminaba en círculos, por eso no pudo.

Si das vueltas a la manzana nunca llegarás muy lejos, pero tampoco equivocarás el camino de vuelta a casa.

Una vez recogidos todos mis pensamiento cuidadosamente, subí y encendí la tele. Y dejé de pensar en finales felices.

Y en viajes siderales.

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