Mensaje en el corcho

Le digo eso de que quiero tener un hijo que se llame D. También dos niñas estupendas y diferentes que se llamen como ella quiera. Le programo la vida conmigo mientras ella escucha divertida. Estoy nervioso y burbujeante, que diría mi amiga Kia. Cuando burbujeo me siento bien, y aunque no tengo muy claro lo que significa, creo que burbujear es lo contrario a la apatía (nada existencial por cierto) que practico habitualmente.

Le cuento también, entre copa y copa, que quiero vivir con ella en un ático con terraza durante unos años, antes de retirarnos definitivamente a una casita de campo para envejecer. Cuando ya no nos queden más objetivos por cumplir en esta puñetera vida lo mejor será alejarnos, obligarnos a crear el merecido fin del mundo. Armagedon compuesto de chimeneas encendidas toda la noche y algún disco de los Smiths o Van Morrison sonando desde el piso de arriba en algún viejo aparato que ninguno de los dos haya encendido jamás.

Así pasamos la velada. Yo sin parar de hablar. Ella participando del juego inofensivo de construir un futuro conjunto. En ocasiones me gustaría que todo fuera así de sencillo. Que acercarse a una persona no fuera más que charlar sobre la hipótesis de que algo pueda funcionar. Bromear alegremente sin la necesidad de joderte la vida intentando conocer a una chica que tiene una dirección diferente a la tuya.

Le digo que desde que entró en mi casa, hace un par de horas, tomé la determinación de tirar todo el porno acumulado en mi ordenador. Ella ríe y me pide que no lo haga, todavía lo podemos utilizar. Me gusta esta chica, obvio.

Antes, obligada por nuestra amiga común, dejó un mensaje en el corcho de mi trabajo. Un mensaje corto y contundente, un mensaje de mentirijillas que termina con un alarmante “llámame”. En él incluye un teléfono con un número erróneo. El último seis no es de verdad y tengo cinco posibilidades para equivocarme. Cinco posibilidades de conseguir llegar a su voz para decirle algo tan manido como hola que tal. Cinco intentos por delante antes de quedarme sin palabras en una tarde sin burbujas. Una posibilidad entre cinco para leer el siguiente capítulo.

Luego te despides y duermes solo. Ha sido divertido y aceptas el juego con deportividad. Lamentablemente, el maniquí que duerme a tu lado habitualmente, se ha tomado el día libre. El peso sobre el colchón no se reparte de manera proporcional. Algo ha fallado, como casi siempre. Algo te falta y reconoces que te has puesto un poco nerviosos cuando rebuscabas, sin conseguirlo, alguna frase concluyente en la despedida.
Algo te falta y puede que una posibilidad entre cinco no sea tan mala jugada.

Chico conoce chica. Chico la recuerda antes de quedarse dormido. Chico calcula la distancia en cigarros que lo separan de Málaga.

Chico se duerme pasadas dos horas.

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