Dos minutos de ausencia

Rebeca me dice oye, que tienes el ojo rojo. Se te acaba de reventar una vena. Derrame ocular al canto. Yo apuro mi cigarro de la mañana y me voy a ver al espejo. En unos minutos ya me he desmayado. Hipocondría al canto. Me reaniman mientras llega la ambulancia, en el suelo del bar, dando un espectáculo grandioso. Recupero la consciencia y abro los ojos, contemplando como un señor me abanica con la carta de los cafés en la mano y una chica preciosa me sujeta las piernas en su regazo. No logro mover los brazos con normalidad y lo único que deseo es desaparecer, esfumarme, intercambiar papeles y poder contemplar a un pobre infeliz en el suelo mientras marco el número de emergencias. Pues no, eres tú el observado, el reanimado, el preguntado, el abanicado, el centro de todos los primeros auxilios que la gente a mi alrededor puede recordar en ese momento. Se me abre la consciencia poco a poco y suelto alguna broma sin gracia. Efectivamente estoy mejor.

Así estamos, amigos, con el ojo rojo. A mí me gusta, la verdad, aunque a Silvi le de cosa verlo y le tenga que dar el perfil bueno. El perfil en el que nada malo me ha pasado y las venas no se me rompen.

El motivo no lo sé pero todavía me rondan las palabras de los chicos del samur. Tómatelo con calma, chaval, no te esfuerces demasiado. El estrés es muy malo. Puede que esté estresado, que algo no funcione aquí dentro y no me haya dado cuenta. Puede que las últimas noches de alcohol estén pasando factura. Puede que algo no vaya demasiado bien y la insatisfacción se esfuerce por mostrar sus síntomas. El ojo rojo es el regalo de cumpleaños que me hace mi yo futuro para que me de cuenta de algo. Quizás quiere enseñarme que a partir de ahora los pulmones no van a trabajar sin ayuda, ni el corazón seguirá bombeando eternamente, ni las venas van a llevar la sangre donde deben por el camino correcto. Que tantas noches solo y con pesadillas son el peaje a pagar. Que algunas cosas ya no son gratis. Que hay cosas importantes que se rompen por voluntad propia, queramos o no.

Pese a todo, me encanta mi ojo. Un defecto más que me parece cualquier cosa menos casual. Algo así como un rasgo externo de mi personalidad. La mirada sucia de toda esa mierda que le pasa a uno aunque no quiera.

Si el cristal está empañado, puede que la visión que recibes te ensucie por dentro. Puede, simplemente, que me guste adoptar el papel de un hipocondríaco moderado para animar ciertas reuniones sociales en las que ya me estaba quedando sin argumentos, sin chistes por hacer, y sin ganas de pedirle a la chica de turno el teléfono al que nunca llamaré.

Y luego te dicen que no te tomes las cosas demasiado en serio.
Igual es demasiado tarde para caminar de puntillas.

9 comentarios :

Publicar un comentario