Cuando cierran los bares

Una noche cualquiera del invierno pasado después de cerrar los bares de lavapies y la latina. Ninguno de los tres ha pillado cacho, de forma que nos subimos a mi antiguo estudio y seguimos bebiendo. Rosario elige las primeras canciones de mi mp3 y Manu busca el alcohol en mi frigorífico. Tres amigos prolongando la noche sabiendo que es de día. Las persianas echadas y el vecino que se va a currar. Solo aspiramos a cantar esas canciones tristes que tanto nos gustan. Bailamos, bebemos, cantamos, reímos.

Tantas noches prolongadas que ya no me acuerdo del argumento de cada una de ellas. En ésta, borracho y perdido, enciendo la cámara y grabo a mis amigos hacer las cosas de siempre. En ocasiones, cuando el alcohol impide comunicarme, lo que hago es tomar nota, dejar constancia.

Al final siempre acabo grabándome en el reflejo del espejo sucio del baño. Buscándome a mí mismo y a mis amigos en él, tratando de entender si el sueño está dentro o fuera del espejo. Mirándome la cara hinchada de alcohol. Sin hacerme preguntas, sin esperar respuestas.

Un año después encuentras la cinta y comienzas a jugar con ella. Con el respeto debido a los vinos viejos, lo montas al corte, sin alardes, sin prisa. Con la única pretensión de enamorarte nuevamente de esas noches felices y casi olvidadas. Con la honestidad de saber que estás mintiendo.

Montar es crear un nuevo recuerdo. Inventar lo que sucedió una noche totalmente olvidada. Material de derribo convertido en un sueño apacible donde reposar el cerebro cuando regreses de madrugada a casa.

Editas para no mirar por la ventana. Editas por no saber silbar.
Y lo que queda es esto. Un nuevo recuerdo que regalar a tus amigos.

Evitando que olviden lo que pasaba en noches como esa.

“Dejarse llevar,
suena demasiado bien”

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