Chica de la 223

En los psiquiátricos la gente espera algo que nunca sucede y la entrada de algún visitante es aplaudida por focas amaestradas. Focas enganchadas al tranquimazín aguardando que les entregues su puto pescado.

Tú no lo sabes, pero en aquella época me fijé mucho en ti. Yo era el chico callado que visitaba la 218. Mi hermana. Tú eras una chica joven perdida en algún laberinto. La historia me la contó tu madre, con la que conversaba en ocasiones cuando te ibas al baño y nos dejabas en la sala de familiares llenando los ceniceros. Te fuiste un verano de acampada con tu clase, hecha una adolescente preciosa y ordenada. Así me lo contó tu madre. Un día, en medio de un juego que a ti te daba miedo, te caíste de la cuerda en la charca del barro. Mientras los hijos de puta de tus compañeros se reían ante tu torpeza, tú luchabas por tu vida. Demasiados minutos bajo el lodazal, demasiado tiempo sin oxígeno. Eso dijo el monitor cuando llamaron a la ambulancia. Demasiado hijo de puta riendo mientras tu cerebro se cubría de barro.

De esa manera te devolvieron a casa. Como una niña de dos años que oye la risa de sus compañeros en su cabeza todos los segundos de su vida.

En ocasiones salías de tu habitación y me preguntabas dónde estaban los niños que se reían. Siempre con esas voces en tu cabeza, siempre con el fotograma del peor momento de tu vida congelado en la retina. Niños invisibles burlándose de ti en cuanto cierras los ojos.

Absolutamente incurable, me decía tu madre, aunque puede que con el tiempo podamos hacer que deje de oír a los niños reírse. Ahuyentar la tormenta de tu cabeza.

Todas las tardes tu madre te traía pinturas, vestidos, juegos, revistas. Todas las tardes mi hermana y yo nos sentábamos en el sofá de la sala y mientras fumábamos, observábamos como hacías los puzzles.

Yo a mi hermana le llevaba solamente dos paquetes de tabaco. Nunca le llevé un regalo, una flor. Introducir color en aquel pasillo me resultaba incómodo, mentira, cruel. Cada día más flaco, más gris, más callado. Demasiado tiempo sin oxígeno, pensé una vez. Y fue así como dejé aquella ciudad. Un minuto antes de que alguien tuviera que llevarme el tabaco todas las tardes de mi vida.

En una ocasión me regalaste una pieza del puzzle. Un trozo enorme de cielo hecho cartón. Creo que lo hiciste porque sabías que yo no era amigo de los que se estaban riendo de ti. Creo que sabías que quería matarlos a todos para que dejases de oir la burla estallar en tu cabeza una y otra vez.

La pieza del puzzle la perdí hace años. Nunca he sido capaz de conservar nada cerca. Hoy, que te recuerdo vagamente, creo haberte curado en mi memoria. Y ya no tienes esa mirada vacía, ni arrastras las zapatillas por el pasillo. No recuerdas nada de lo sucedido y puede que no hayas vuelto a hacer un puzzle aburrido en tu vida.

Ahora el chico que recortaste de aquella revista duerme a tu espalda todas las noches. Y él solo se ríe cuando equivocas los calcetines al vestirte para ir al trabajo.

Demasiado tiempo sin recordar tu nombre. Demasiado tiempo sin oxígeno.

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