Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas

Hace tiempo me compré este libro simplemente porque el título me parecía genial. No me lo he leído y pese a todo, puedo decir y digo que es un libro de la leche. Puta obra maestra.

Cuando el título es bueno ya no hace falta leerse lo demás. El contenido tiene que estar a la altura. Así que de vez en cuando saco a pasear el libro por las terrazas de la latina. Lo abro para que la gente pueda ver el título y sepan qué me estoy leyendo, o haciendo que me leo, un libro de la hostia. No te digo más.

Leemos libros para saber si son buenos, si nos gustan. Con este ya no hace falta, es bueno y punto. Y nos ahorramos lo demás. No es nada personal contra el autor, del que por cierto no paran de hablar los unos y los otros como si nos fuera a poner un piso. De Vila-Matas no me he leído nada, pero tampoco de otros muchos. Nada personal. Con ese título, ya no me apetece. Está todo dicho y la respuesta contestada.

Con las personas nos sucede algo parecido. El título importa, los titulares. Nos acercamos a ellas para saber si merece la pena conocerlas, para saber si están a la altura. Como el tipo del otro día cuyo titular era quiero hablar con tu jefa que organizo un rally solidario por África y necesito patrocinadores. Después de esto pues te apetece conocerlo, claro. O la otra, la del quiero un capuccino pero bien hecho no como la otra vez. Libro malo, me dije.

Nos arriesgamos a conocerlas, digo, para luego poder decir que merece la pena conocerlas. Sin embargo al afirmar esto último ya nos estamos contradiciendo. Para estar seguros de que merece la pena ya nos hemos asomado y a toro pasado es fácil emitir juicios. Gente bien titulada, eso es lo que necesito.

Ves la peli que te han recomendado solamente para saber si es buena. Luego restamos puntos en función de lo bien que nos la hayan valorado nuestros amigos. Si te gusta un seis y a tu amigo un nueve, tú le dirás que un cinco pelao que no es para tanto cacho cabrón. Las opiniones individuales son un invento de marketing de las empresas de perfumes. No existen. Siempre hacemos media colectiva.

Opiniones colectivas. Buzón de sugerencias para los perezosos.

Con las personas casi lo mismo pero al revés. Da la impresión de que la gente que nos presentan tiene carta blanca dependiendo del titular que nos haya dado nuestro amigo común. Los defectos oportunos se ven disimulados por el barniz generoso de las anécdota vividas. Los amigos de mis amigos ganan dos puntos. Igual que las chicas en bicicleta.

Si he conocido en mi vida a cien personas, desde hace tiempo todas me parecen ya conocidas. Me presentas a Juan y creo que es igualito que el número 55 de mi lista. La rubia del otro día pues es más bien el 12. Y así con toda la gente nueva. Parece triste, es verdad, pero me sale natural.

Muy de vez en cuando aparece alguien diferente, con un buen titular a sus espaldas y demasiado tiempo libre. Entonces puede que esa persona pase a ser la 101. Algo nuevo que sí que merece la pena conocer.

El pasado ya no es lo que era, pero el futuro, vamos hombre, el futuro deja bastante que desear. Francamente.

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