Algunas de ellas

Me gustan las turistas solas que acuden a mi terraza. Sacan fotos antes de sentarse a comer. Abducidas arquitectónicamente por las calles del centro. Secuestradas en medio de lo ajeno por una ciudad sin manual de instrucciones. Piden tímidamente la comida, sonríen, asienten. Sostienen la mirada sin aspavientos y confían en la tarde que se avecina.

Algunas son preciosas y yo, como de costumbre, fantaseo dentro de mí con la posibilidad de que pueda oler sus cabellos mientras les señalo en el callejero la maldita parada de metro más cercana.

Como aquella, la que acabó de casualidad desayunando un domingo después del rastro. A la que recomendé aquel zumo. La alemana que trabajaba en Valencia y me prometió venir a verme un mes después. Esa con la que efectivamente vencí mi timidez ofreciéndole tomar café cuando acabase el turno. La misma, claro, que semanas después regresó para saludarme demasiado efusivamente. Esa, me digo, que regresó enganchada a un tipo de cine. Español y rubio, de esos que te ponen a bailar mambo en cuanto menos te lo esperas. Alto, galán, y con la raya en su sitio. Vestido de lino blanco iba el maromo, marcando estilo y clase como si no fuera de este mundo. Treinta y poco le calculé, y a ojo creo que de su billetera saltaban billetes como salmones remontando el río. Y claro, los espié desde el interior de mi bar. Se besaron mientras desayunaban, los dos tan rubios y perfectos. Ella pidiendo mi zumo preferido, ese que le recomendé aquella mañana de rastro.

Y así no tiene demasiado mérito. Enamorarse del guapo, del bueno, del héroe. Por muy teutona que sea, bien podía haberse buscado otro español. Un español tirando a botijero, grueso, peludo y con aficiones modestas. Refugio del landismo más cañi y superviviente del último encierro de su pueblo.

Pero claro, ella quiere lo mejor. El solomillo bien cortado y la mesa junto a la ventana. Lógico, me digo. Todos queremos lo bueno, faltaría más.

Y así, recordando esas chicas solas y ambles llego a la chica del pelo corto de esta tarde.

Recién salida de la página doce del vogue de febrero de 1999, atravesó la plaza hasta embocar en la t4, mi mesa preferida. Alabé su acento cuando me pidió la sopa de tofu y un vaso de agua. Sacó un libro enorme en inglés y yo regresé para explicarle el significado de la palabra sopa. Luego, me dio las gracias y eligió el tabulé.

Me miraba insistentemente, sin prestar atención al libro. Yo atendía las otras mesas como un torbellino, ajustando mi hora de salida con la temperatura de su café de sobremesa. Pero claro, ella no dijo nada más de la cuenta, y yo, nada más que gracias.

Durante unos minutos permaneció en la plaza fotografiando la catedral que nos adorna la vista. Sacó fotos meticulosamente bien encuadradas, deduje.

Y antes de verla alejarse, pensé que nunca ese conjunto de piedras recién reformadas, habían salido tan quietecitas en unas fotos.

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