Perro muerto

Los policías levantan el cuerpo de un perro muerto de entre las rocas. Dos niños han indicado el lugar y ahora, con cierto esfuerzo, cruzan la arena de la playa con el perro.

Un perro ahogado en la playa. Pesado. Muerto. En poco se diferencia de estar vivo, me parece. El perro no corre para saludarte ni agita el rabo ni babea. Sus pulmones encharcados en agua deben pesar más que lo que pesarían en vida.

Diego avanza y se aleja de la escena conmovido. Yo permanezco sin poder retirar mi mirada del animal. Quiero llegar a ver sus ojos cuando los policías se aproximen. Quiero ver su pelo y su hocico. Quiero distinguir la muerte a medida que el cuerpo avance hacia mí.

Los policías lo depositan junto al paseo, sobre el césped, a la sombra. Avisan para que alguien venga a recogerlo y se marchan. Nos sentamos en un banco mientras nos bebemos unos refrescos. A escasos metros el perro se pudre. No puedo verlo pero si que observo el reflejo de la muerte en los rostros de los paseantes. La gente descubre el perro y se horroriza. Con morbosa curiosidad detienen el paso para verlo de cerca mientras ponen esa carita de pena tan ensayada desde pequeños.

El perro tendría dueño o puede que no. Solo él sabe como acabó entre las aguas. Cuánto tiempo peleó por su vida pataleando y quién le estará buscando en este momento. Morir ahogado es la peor de las muertes y la peor de las maldiciones. Te esfuerzas por no morir y por no ahogarte. Si te mueres, te ahogas. Si te ahogas, te mueres. Luchas contra dos hechos inevitables antes de darte por vencido. Luchar contra los enemigos de uno en uno nos ahorra el trámite. En el agua, si no haces pie, ya no puedes.

Charlo con mis dos amigos mientras el sol me abrasa la cara y el perro consume mis retinas. Así, de esa manera, me fumo la tarde en la playa, holgazaneando antes de coger un avión para regresar nuevamente. Ya lo dije en su momento, los aviones nunca me llevan a ningún sitio, siempre me regresan.

El avión aterriza sin estrellarse y las maletas finalmente vuelven a mi mano. Llego a casa y abro las ventanas cerradas desde hace tiempo. Desearía hacer esas tres llamadas que necesito desde hace días pero no tengo saldo.
La muerte es la única certeza que existe, y si no fuera gracias a ella no perderíamos el tiempo pensando o escribiendo o aparentando. Sin ella no nos quedarían fuerzas para marear la perdiz con lo de siempre. El único impulso que necesitamos para jodernos la vida a base de bien es saber, como sabemos todos los días de nuestra vida, que la muerte es en serio.

En casa, una fila de hormigas orgullosas me da la bienvenida. Me advierten de que todavía no las he vencido y de que el juego no ha terminado. Si pudiera hacer alguna de esas llamadas no aclararía gran cosa pero si diría, con orgullo, que ya he vuelto y que el juego continúa.

La muerte es real. Lo demás, negociable.

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