La mejor carbonara del mundo.

La francesa me quiere hacer una salsa carbonara. Rápidamente llamo al camarero y pido la cuenta. Le digo que en mi casa no tengo lo necesario. Acudimos al mercado de San Miguel. Tan remodelado, tan lleno de zorras y guirirs. Pedimos dos vinos y salimos corriendo con las copas en cuanto el de seguridad dobla la esquina.

Luego cenaremos con estas dos copas en la mesa, le digo. Paseamos hasta la plaza mayor con ellas en la mano. Brindamos por las esquinas huyendo de la policía. Contemplamos un Spiderman gordo haciendo llorar a los niños. Descubrimos una yonki con una improvisada atracción de feria.

La francesa me mira a los ojos y me agarra de la mano. Quiero que conozcas a una persona. Quiero que veas a un camarero para que sepas en que no nos tenemos que convertir.

Muy cerca, en un bar con solera, me presenta a Isidro. La cara marcada de viruela, soledad en los huesos y algún sueño olvidado. Nos invita a cañas, a jamón, a queso. Bebemos, lloramos, y reímos mirándonos a la cara.

Le cuento lo de mi hermana prostituta y ella lo de su madre gilipollas. Prefiero no subir la apuesta. Quiero reservar algo para casa cuando esté seguro de la mano que llevo.

Ya se hace de noche y no creo que me prepares carbonara, cielo.

Te pido eso sí, que de camino a casa recuerdes que llevo dos copas en el zurrón. Procura no romperlas cuando me abraces para besarme en el próximo bar. Si no rompes nada todo estará bien.

Trato hecho. Y seguimos haciendo cosas de borrachos, tirando los chupitos en bares de amigas, consumiendo el domingo por las esquinas de la Latina, divirtiendo a los transeúntes con alma de conserjes.

Procurando que las copas lleguen sanas y salvo a casa. Y llegaron.

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