Medalla de plata

Has ganado, lo reconozco. A veces gana el malo, el hijodeputa, el fracasado que se conforma con arrastrar a los demás a su propia negligencia emocional. Así que tranquilo, ya no preguntes más por mí. Que si voy o vengo o dejo de venir. Tranquilito. No problema.

Te conozco y conozco tu juego. Lo han practicado alguna vez conmigo. Con la excusa de querer ayudar insistes en no soltar a la presa, en no alejarte definitivamente de esa persona que consideras tu posesión. Pero a ver si nos enteramos de una vez de que va la película. Que uno no puede nunca ni cambiar ni ayudar a nadie, simplemente podemos permanecer cerca mientras la otra persona se ayuda a sí mismo. Pero no, tu tenías que ayudar, que permanecer dentro de la vida de esa persona. Cuando lo único que haces es enriquecer tu ego con píldoras instantáneas de la confusión. En ocasiones hay que saber cerrar la puerta, pero tú no.

Sabes de sobra que cuando dejamos ostentamos el poder que nos da el daño que hemos generado en la otra persona y si nos lo proponemos, podemos convertirla en un zombie sentimental. Yonkis que buscan el placer instantáneo de una caricia, de una conversación. Todos, cuando nos dejan, hemos revoloteado alrededor buscando esa verdad que explique cómo es posible que eso nos haya pasado a nosotros.

Pero tranquilo, todo lo que opino tiene el valor de la cerilla con la que acabo de encender el último cigarro. Y lo digo porque me sale de los cojones aunque no esté nada fundamentado. Pero en mi vida casi nada está fundamentado. Solo fundamento la posibilidad de que alguien me pueda romper las piernas si me lee.

Así que enhorabuena, tú sigue así chaval, con tu medalla de oro colgada del cuello a pesar de que ella no desee estar colgada de ningún sitio.

Pues nada, volveré a mi agujero. A las barras de los bares como decía el otro día. Aceptando que seguramente a lo único a lo que puedo aspirar es a recoger algunos cuerpos después de la cuarta copa. Y sí, volveremos a reír, y a beber demasiado, y a trasnochar y contar las monedas antes de pagar. Y volveremos a soñar con algo bonito, y a mentir a las camareras, y a suponer que la gente es tan gilipollas como me de la gana de que sean.

Vengo de decir que no quiero más “te echo de menos”. Vengo de huir del dolor como cobarde que soy. Vengo de bajar cuatro pisos sin pisar las escaleras. Vengo de hacer lo correcto. Ojala tú, queridísimo medalla de oro, lo hubieras hecho hace tiempo.

Volveremos a contar cosas, y a fracasar y a triunfar y a cantar canciones que nos vengan a la memoria. Volveremos a engañar al futuro pretendiendo no tener pasado. Y volveré a tener la sensación de que nunca debería haber publicado esto. Tendrá consecuencias supongo, pero la vida sin ellas me aburre. Igual que me aburre no decir lo que pienso y archivar estas líneas en cualquier nuevo documento que olvidaré dentro de poco.

Y volveremos a mirar a la mesa seis y a sonreír, conscientes de que veinte euros nos hicieron felices aquella noche.

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