Fin del primer acto.

Y qué pasa si al final no llegas a quererme como yo me imaginaba. Pasaría algo si lo que deseo no se corresponde con lo que suceda. Y si al final, el asunto que tenemos entre manos sigue acatarrado indefinidamente.

Me descabalgas y te haces bola. Yo no encuentro las palabras exactas que puedan deshacer el nudo que se ha creado. Permanezco demasiado callado ante tus dudas, demasiado inexacto frente a tu espalda. Luego viene la sensación de haberme equivocado. De no saber leer. De no saber escribir ni hablar ni sentir ni acariciar ni follar, ni tan siquiera acertar con ese mensaje que realmente no quieras borrar jamás de tu móvil. De no saber cuándo ni dónde dejaré de tomar posesión de cada centímetro de tu piel sintiéndome un invasor. Alguien que marca un territorio plagado de minas. Pero al final alguna revienta, causando desperfectos en el mobiliario emocional recién adquirido.

Lo nuevo, a veces, se rompe con singular rapidez. Lo nuevo, a veces, simplemente enmascara el pasado.

Y qué pasa si al final no me quieres ni un poco. Y si no me quieres ni demasiado poco, ni demasiado nada. Y si al final no sucede demasiado nada y todo resulta insuficiente.

Me repites una y otra vez no lo entiendo, no lo entiendo, no lo entiendo. Y yo pienso, si lo entiendes, si lo entiendes, si lo entiendes. Luego cojo la puerta y salgo a la calle. Necesitado de aire, de distancia. Huyo de la sensación de molestar, de la inseguridad de haber metido la pata hasta el fondo. Fumo, toso. Camino y son las seis y pico de la mañana y creo que es de día.

Y te recuerdo hecha bola, con el caparazón inconsistente de la molestia. Te recuerdo en la cama cerrando las piernas. Cerrando y preguntando. Como si las palabras fueran a decirnos algo que no nos hemos dicho. Palabras que nos arrojamos para que el otro las recoja y nos las traiga agitando la colita.

No te he hipnotizado todavía, y piensas si conviene seguir con la función o tendremos que devolvernos el precio de la entrada. Puede que creas que al fin y al cabo tendremos que conformarnos con que no salten chispas ni haya fuegos artificiales que iluminen el cielo de Madrid. Me cuesta creerlo y espero que me digas que no, que no lo piensas, que no lo sientes.

Cariño, dime que me equivoco, que no es tarde ni temprano, que sigue siendo de noche y no ha amanecido todavía.

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