Test de embarazo

NINGÚN BOLLO EN EL HORNO…

Este es el mensaje que recibo en mi móvil. Un mensaje esperado que proviene de Ana. Se acaba de hacer la prueba de embarazo y efectivamente, significa que no, que nada de nada. Negativo. Respiro aliviado.

Un momento, alto el carro. Esas miradas divertidas, fuera de mi vista, que yo a Ana ni la he tocado y nada tengo que ver en el asunto. El que si tiene que ver es otro tipo con una puntería más que demostrada en estos asuntos de la procreación.

Mi vinculación con el test de embarazo es otra. Ayer mismo acompañé a Ana a la farmacia a comprarlo y por lo tanto me considero un padre legítimo de la noticia. Ella, previamente se autoregaló un ramo de flores en la floristería de al lado. Imagínense el cuadro. Chica con ramo de flores y chico de aspecto trasnochado acuden a por la prueba en cuestión. Hicimos un poco el numerito pero no demasiado. Yo la increpaba a leer bien los manuales de instrucciones, que luego ya se sabe que los condones no se ponen solos. Luego la farmaceútica, joven y de blanco, preguntó si quería el test del primer orín de la mañana o el de cualquier hora. Ana, toda tranquila pidió el de la mañana, como si no fuese con ella la posibilidad autodestructiva que amenazaba su horizonte. Yo, por detrás, susurraba a su oído que pidiese el test más inmediato para salir de dudas cuanto antes. Y ya de paso, quizá tendríamos tiempo de devolver las flores. Pero nada, la tía decidió prolongar el suspense hasta la mañana siguiente. No me lo puedo creer.

Si yo fuera mujer y estuviese en una tesitura parecida, me faltaría tiempo para prender fuego a toda la ciudad. Mi angustia me llevaría a hablar a voces y realizar docenas de llamadas reclamando atención y consejo ante tal circunstancia. En ocasiones echo de menos que la gente no sobreactúe un poco más.

Ya que todos, en mayor o menor medida hemos llegado a la conclusión de que gracias a la mentira este mundo es bastante soportable la mayoría de las veces, creo que ahora deberíamos reivindicar la sobreactuación y el histrionismo para hacerlo un poco más divertido. Que una cosa es que nos digan que trabajemos ocho horas y durmamos otras tantas, y otra bien distinta es que nos conformemos con permanecer las restantes en coma. Por favor, griten más, gesticulen más y conviertan sus circunstancias en mastodónticos problemas sin solución. Y es que ahora que mi vida personal duerme en un limbo auto complaciente, busco en los demás todo tipo de conflictos para poder pasar el rato de la mejor forma posible.

Volvamos a Ana. Ella me cuenta que se folla a ese tipo porque es bastante fácil y satisfactorio, pero que le aburre bastante. Que no le motiva demasiado. Me cuenta también lo de la otra noche. Después de cenar, los dos en la cama. Ella deseando el polvo del siglo y él que no se entera de la cosa y decide obsequiar a su socia de edredón con una horripilante sesión de capítulos de “The it crowd”.

Cuanta ingenuidad. Cuantas veces me he visto en situaciones parecidas por falta de comunicación y de picardía. Criatura. Ahí los tienes, una mujer mediterránea y exuberante en tu cama, una hembra italiana de cine suspirando que te abalances encima y la hagas sudar como dios manda. Que te la comas sin tanto por favor ni tanto mire usted y nada, que no hay manera.

Me imagino al tipo. Ahora te voy a dar una sesión de genuina cultura pop e intelectualismo urbano. Ahora vas a saber lo que es la construción de personajes y la parodia sutil de los diversos arquetipos que nos rodean. Humor del bueno, ya te digo. Y ella que nada, que lo único que quiere que le enseñen es el aguante de los muelles del colchón.
A veces me sigue sorprendiendo que los hombres y mujeres nos sigamos liando. Si en el fondo casi nunca nos entendemos del todo.

Hace unos días Ana y yo tuvimos esa conversación. La CONVERSACIÓN. Ella me preguntó si yo, en fin, que si yo, bueno, eso, que si yo sentía algo hacia ella diferente de esa relación de amistad que nos une. Es decir, que si yo me estaba enamorando o por lo menos albergaba la intención de acostarme con ella. La respuesta fue no, y pese a todo, reconocí que hace bastante tiempo, después de una cena y con el vino en la cabeza, sí deseé subirla a casa y pasar la noche entre sus pechos. Ella me reconoció que de follar nada de nada, que no la excito, aunque sin embargo, después de acostarse con el tipo este que se trajina últimamente suele pensar en mí y en mi sentido del humor. Ahí está el problema, me digo. Si bien casi ninguna de mis amantes me recordarán como el mejor de los polvos, otras por el contrario me consideran el top five de las conversaciones postcoitales. Ojo, y de las postnocoitales. Que no se diga.

Así que chicos y chicas, si creen ser felices no me lo digan, pero si por el contrario están hasta los mismísimos, sobreactúen y luego, compártanlo conmigo. Gritemos todos mucho y agitemos los brazos como si todo esto que nos rodea fuese en serio. Hagamos que la vida nos vapulee y así, intentemos hacer este rato juntos un poco más rápido y divertido.

En el fondo, los cretinos como yo siempre deseamos que la infelicidad nos contagie a todos, para luego correr al médico y vacunarnos el primero.

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