Generación ni fu ni fa

En mi curro tenemos un cajón donde almacenamos los curriculums que nos deja la peña que viene buscando trabajo. De vez en cuando lo abro y ojeo un par de ellos. Confieso que lo hago un poco para echarme unas risas, si me permites la expresión. Todos sin excepción están hechos con el word en dos minutos y apestan. Son feos, en blanco y negro, y dicen las mismas gilipolleces que se suponen que tienen que decir.

No sé cuantos hay exactamente. Yo solo ojeo un par de ellos. Nunca quiero llegar al fondo ya que me aterra descubrir que el mío también está ahí, perdido en ese cajón de mierda. Ya lo sé amigo, todos viajamos en el mismo vagón.

Muchas veces veo a los chicos en persona. Llegan con sus mochilas y te lo dejan sin demasiada confianza antes de desaparecer por la puerta y seguir salpicando el barrio con su biografía de mierda.

Qué putada de generación, me digo. Lo único para lo que servimos es para salir borrachos en las fotos del Facebook, a lo portada de disco, qué bien que me lo paso, si no me miras te reviento.

Los talleres de teatro, el curso aquel de fotografía y la puta comunicación audiovisual. La gran capacidad para liderar equipos y el nivel medio de Excel. Nivel medio los cojones, puntualizo.

Después volvemos a lo nuestro. Esa espiral de pisos compartidos, las zapatillas húmedas del último charco, el cafelito con uno, la copa con el otro y los regresos de madrugada. Menuda mierda amigo.

Y hay días en los que se sienten de puta madre. Y es que la juerga de anoche en casa de Miguel fue la repanocha. Y los ves en las terrazas con sus gafas de sol, felices de no haber acabado trabajando en un oficina sin ventanas, felices porque la chica pelirroja de la última fiesta dijo que llamaría el jueves, porque hace un momento se han cruzado con Luis y le ha dicho que el proyecto aquel puede que salga. Felices de que todavía nadie les haya contagiado una hipoteca ni una venérea. Y ahí estamos como gilipollas, sonriendo sin venir a cuento, fascinados de nosotros mismos en una mañana cualquiera. Viendo como los demás desfilan con zapatos de plomo delante de nuestras narices.

Vale, venga, bien, Que sí, que todo esto está que te cagas. Hasta que deja de estarlo. Hasta que llega ese día en el que se acumulan tres facturas y a Luis ya no le vemos el pelo y la pelirroja no llama y la resaca es terrible y las horas que nos dan en el bar no son suficientes, y entonces volvemos a llenar la mochila con páginas en las que detallamos cronológicamente las malas decisiones que hemos tomado, y atravesamos puertas y hola buenos días estaba buscando trabajo.

Generación de vagos, aristócratas de bar, artistas del vacío, vendedores de humo a comisión, inútiles profesionales, atracadores sin plan de huída y saltadores del muro de la vecina. Eso sí, siempre que quede hielo en la nevera.

Que sí, que vale. Que todo está bastante bien.

Luego cierro el cajón y sigo otras seis horas con lo mío. Ya sabes. Los mojitos, las cajas de coca cola, los brugal-limón, los me puedes dar los cincuenta que así te doy diez que voy mal de cambio.

Y todo el turno con esa sensación pegajosa.

Nivel medio de autoestima. Nivel medio los cojones.

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