Martes

Me he despertado tarde y he comprobado que seguía respirando. Hacía mucho frío en mi casa. Tiré el edredón al suelo y permanecí destapado hasta que mis pezones estuvieron lo suficientemente duros como para atracar un banco. Luego, me fui a la ducha.

Bajé hasta el lorena y me pedí un café con leche y un pincho de tortilla. Encendí el mp3 y escuché seis veces una canción del señor chinarro que no entiendo. Al rato salí a la calle. Caminé por toledo hasta llegar al chino. Tres euros con veinte, dos perchas de falsa madera, dos trapos de cocina y un pack de pinzas de tender. Mientras caminaba de vuelta a casa pensé en llamar a alguien, o pillar unas pelis, o ir al cine, o ordenar mi cuarto, o salir corriendo, o alcanzar la divinidad procurándome unas llagas de espanto en el reverso de las manos.

En casa me calenté una sopa de sobre maravilla. Dos raciones. Primero me llené el cuenco y cuando hube terminado regresé y me lo llené por segunda vez. Dos raciones. Vale, dos raciones.

Miré la tele de sobremesa sin mucho interés. Desde la primera línea me he fumado doce cigarros y me quedan solo dos. Pienso que tengo que bajar a por tabaco, también pensé que podría llamar a alguien, o ir al cine, o visitar esa exposición de la que alguien me habló el otro día, o comprarme una camisa expectacular para que tú, en el caso de que me decida a llamarte puedas decir mira que camisa tan expectacular te has comprado.

Me visto de nuevo y salgo a la calle. Cuando entro en el ascensor mi teléfono suena y no contesto. No quiero hablar ni quedar ni pensar en cosas.

Me detengo frente al escaparate de una inmobiliaria. No leo ninguno de sus anuncios, en realidad quiero observar mi reflejo en el cristal para comprobar si mi aspecto de bohemio hace juego con el gris del cielo. Como hace frío me he puesto el abrigo largo, me gusta mucho ese abrigo. Complemento la estampa con unos periódicos atrasados bajo el brazo. En ocasiones los saco a pasear y así parece que alguien me espera en algún sitio.

Tiro hasta sol y subo por preciados. Recuerdo mi mp3 y me pongo a escuchar cosas conocidas y tristes. Solo le pido a Dios que la batería no se agote y pueda devolverme a casa en algún momento por determinar.

En gran vía me veo rodeado literalmente por modernidad y hastío. La gente da vueltas a mi alrededor y entonces pienso en llamar a alguien, o ir al cine, o perseguir a la chica del gorro blanco que ahora mismo acaba de salir del h&m.

Compruebo la hora para saber cuanto queda. Quiero hacerme la idea del tiempo que deberé pasear antes de regresar a casa sin sentirme demasiado culpable por no haber hecho nada. Entro en un bar de una callecilla de Malasaña. Cocacola, cigarro, cigarro y servilleta. No recuerdo cuando se hizo de noche pero ya está oscuro.

Pienso en desplomarme en la acera húmeda, o romper el escaparate de enfrente, o caminar a la pata coja hasta el siguiente semáforo, o acuchillar al que viene de frente, o llamar a alguien y quedar y tal.

Suena mi teléfono y no lo cojo.

A veces cuesta mucho levantarse de la cama. A veces pienso qué haría si me cruzase contigo. A veces pienso que me llamas y contesto la llamada. A veces pienso que este es el mejor día de mi vida y por lo tanto, no estoy curado en absoluto.

14 comentarios :

Publicar un comentario