Caras

La tía que viene de frente parece que está buena. Puede que cuando nos crucemos deje de estarlo, pero como son las tres de la mañana y ésta es una calle solitaria, pues pongo una de mis caras preferidas. La cara de ya sé que estás buena pero ahora no te voy a mirar para que tú si puedas hacerlo y aunque no te diga nada y tu tampoco disfrutemos de este momento en el que los dos nos hacemos los interesantes para después alejarnos y perder la gran oportunidad de conocernos. Vale, ya sé que puede parecer una cara complicada, por lo del nombre, digo. Sin embargo a mí me sale como muy natural, en plan la tengo ensayada. Y es que a veces pierdo el tiempo practicando soberanas gilipolleces.

El caso es que me he dado cuenta de que últimamente no hago otra cosa que poner caras. Hace unas semanas madrugué algunas mañanas. En realidad no tenía nada importante que hacer excepto fumar, desayunar, fumar, desayunar, fumar, fumar y volver a desayunar. Pero quería integrarme, parecer un tipo normal que se levanta por las mañanas para hacer cosas normales e importantísimas.

Me encanta salir de casa temprano, pisar la calle, ajustarme las gafas de sol y poner cara de tengo un montón de cosas que hacer así que no os acerqueis ni me interrumpais que estoy superliado con mis cosas importantes. Luego comenzaba a caminar con paso firme, adoptando la pose del que va, por lo menos, camino de desactivar una bomba en el dormitorio de la chica de rizos del quinto B.

Luego, desactivar, lo que se dice desactivar, pues desactivaba más bien poco. Incluso acudía a los bares a pedir café y lo hacía como si tuviera prisa. Maldito idiota.

También me pasa que cuando vengo al ciber a ver el correo y a escribir alguna chorrada como ésta si me quedan diez minutos, también pongo caras. Digo cuarentaycinco minutos de conexión, por favor... y me sale la cara de escritor de bestsellers agobiado por los plazos de entrega que impone su editor y al que se le ha jodido el adsl de su apartamento y baja al ciber a enviar su último y transcendental capítulo titulado "Odio los martinis".

La verdad, esta última cara me aburre. Ahora estoy perfeccionando la de escritor de bestsellers agobiado por los plazos de entrega que impone su editor y que vive en un hostal sin adsl después de que su novia, actriz y alcohólica, se bajase una botella de bourbon y le pusiera de patitas en la calle, con lo cual acude al ciber para enviar su último y transcendental capítulo titulado "Adoro los martinis".

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