La familia

Caminaba yo por Tribunal la otra noche y me llamaron. Pretendía que fuera una noche más en la que arrastro los pies hasta el curro y luego los arrastro camino de casa. Pero no. Cuando mis padres me llaman siempre lo hacen por la espalda y la melodía del teléfono suena distinta.

Mis padres y Dani.

Entonces recompones el gesto y modulas la voz para aparentar seguridad, jovialidad y optimismo. Pones ese tono de jodido buen hijo telefónico. Y es que eso es lo que eres desde hace más de diez años.



Tu padre oculta su ansia tras una barrera de humor. Las cosas no van mal del todo. Tu madre por el contrario se lanza en picado hacia tu fibra sensible y te suplica que vayas a verlos. En ese momento te tiemblan las piernas y te sientas en un banco junto a una pareja de modernos recien salida del Tupper.

Dani es otra cosa. El cabrón sigue portándose mal y dando disgustos. Ahí lo tienes con casi once años y las retinas sucias de toda la mierda que ha visto. Y no lo olvides, no existe ni lejía ni prozak suficiente en el mundo para limpiar la mirada de un niño. Ahora está sacando buenas notas. Mogollón de notables y sobresalientes me dice. Rompo a llorar.

Todo lo bueno y todo lo malo lo hace para que su madre lo vea. Intenta hacerla despertar a su manera. Todavía no lo sabe pero yo sí. A pesar de vivir con sus abuelos, toda su vida será una permanente maratón para ajustar cuentas con su pasado. Para intentar entender por que su madre está ingresada en un psiquiátrico y habla a cámara lenta.

Te llevas bien con tus padres y les dices cosas bonitas. Hablas de esto y de lo otro y os quiero mucho soys los mejores. Estoy comiendo bien y fumo cada día menos. En fin, mentiras.

Las cosas de verdad se te atragantan. Desearía decirles que no se preocupen demasiado pero que se olviden de estar demasiado orgullosos de mí. Que quiten esa maldita mirada de padres de futbolistas de sus ojos. Me gustaría contarle a mi madre que el otro día casi ordeno y limpio mi habitación, pero en el último momento recordé la camarera de las mejillas sonrosadas y pensé que la haría feliz si me tomaba un cortado en su terraza en el día más luminoso del siglo. Decirle que en ocasiones me siento solo aunque la gente que me quiere me cuide. Que de no dormir acompañado incluso he olvidado si ronco.

Decirle que te gustan cada día más las cosas pequeñas. Que alguna chica te llama y que el otro día alguien me felicitó por algo que hice. Decirle que S. me hace unos creeps que me llenan de felicidad. Que no me meto en líos ni me drogo y que jamás seré alguien grande, que todas esas fantasías que tenían sobre mí cuando yo era la gran esperanza blanca se han ido a la mierda hace ya tiempo y que me contento con no vomitar demasiado cuando salgo de fiesta.


Que soy un buen chico a mi manera. Pero sobre todo decirles lo único que quieren oír. Que no pienso morirme jamás. Que eso de la muerte no va conmigo y que se queden tranquilos por que ni en un millón de años pienso estirar la pata. Eso es lo que quieren los padres, saber que su hijo no se morirá jamás. Solo de esa manera nos perdonarán todos nuestros defectos.

Luego me levanté del banco, pedí un pañuelo y me fui a trabajar.

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