Ahora mismo



Lo intentas con todas tus fuerzas, pero da igual, nunca es suficiente. Aunque pienses que el vino es exquisito y que el color de la camisa te favorece.

No he escrito desde hace mucho, entre otras cosas, por que no me gusta esto. En este concurso de popularidad, donde todos intentamos salir bien en la foto, he descubierto que siempre tengo los ojos cerrados. Esto de escribir sobre lo que no eres, tan siquiera sobre lo que desearías ser, me agota.

Otro motivo por el que no he escrito es por que quizás he estado demasiado entretenido sintiendo, queriendo, a punto de ser feliz. No la felicidad del adolescente, cuando te miras en el espejo antes de salir de casa, sonriendo ante el personaje que el guionista te ha escrito esa noche. No, la felicidad de la que os hablo se resume con dos líneas escritas en la servilleta de un buffet libre repleto de comida japonesa. Esa felicidad serena e imperfecta, la que se llena de claroscuros si no abrazas con fuerza, eso es amigos, lo que he estado a punto de conseguir. Pero no fue.

He ganado una lectora, eso sí. Alguien que puede, si lo desea, entrar aquí en cualquier momento. Y lo que pasa cuando te leen es que pierdes la libertad de ofender y ser tu mismo. El medidor de melancolía alcanza niveles astronómicos y el humor te produce sarpulidos. Nada de todo esto es real, precisamente por que puede ser leído. Algo ha cambiado y uno ya no es el mismo. Vida.

Le decía el otro día a un amigo que escribiera como si su madre hubiera muerto. Me equivoqué. Lo mejor debe ser escribir cuando nosotros estemos muertos. Ahí ya no importa quien te lea, solo la necesidad de poner una palabra tras otra sin importarte quien apague la luz.

Quedará un café con miel en la cama, la piel cubierta de arena, algunos días buenos y otras tantas noches, cargadas de sonrisas y palabras golpeando en la retina. Siempre queda eso, siempre, y la sensación de no saber exactamente lo que ha pasado. La decepción de no ser el elegido.

Luego comienza a llover en La Latina, y todo es una mierda.



Escucho “Pequeño rock & roll” de Quique Gonzalez. Cuando la oyes doscientas veces se convierte en la canción adecuada. Luego te vuelves loco, rompes algo y no encuentras el pegamento.

http://es.youtube.com/watch?v=GkkWjNHvMDY

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