Panderetos


La situación es esta. Uno está en una terracita de la latina. Tinto de verano, menu del día, con una amiga o leyendo las obras completas de Isaac Babel, que siempre viste mucho. Escuchando los pajaritos y pensando cual será la próxima putada que nos dará la vida.

En ese momento aparece el jodido rumano de las narices amenazando con su acordeón. A su lado otro fulano o fulana con una pandereta o pandereto. El tío llega, y sin mediar palabra ni con los clientes ni con los responsables del garito, comienza a taladrarte lo oidos con una insufrible melodía que no es más que el puto instrumento quejándose por haber caido en manos tan cazurras. Tras minuto y medio de sufrimiento te piden dinero, así, con dos cojones. Pero que huevos tiene la gente, no solo me has arruinado la sobremesa si no que ahora pretendes que te de dinero a cambio de nada. Nunca les doy, por supuesto, y me gustaría que nadie lo hiciera.

Os contaré algo. Estos rumanos que se creen músicos utilizan métodos mafiosos para ahullentar a la competencia. En el centro de madrid casi no quedan músicos de otras nacionalidades. Si intentas tocar en una terraza con tu instrumento puede que lo consigas. Pero ya no llegarás a la segunda. En cuanto te vean te amenazarán, te robarán o en el peor de los casos te meterán una paliza de dos pares de cojones. Así son ellos, así son los jodidos músicos.

Siempre me han gustado los espectáculos callejeros. Cómicos, músicos o malabaristas que intentan entretenerte un rato y se buscan la vida de una manera más o menos honrrada. No los soporto a todos, ojo. Detesto los punkis mal olientes de la flauta. Suelen ser muy agresivos si les niegas pedir en tu terraza o incluso si no les ofreces ese cigarro que ellos ya dan por suyo. Sin embargo hay otras muchas clases de espectáculos. En Barcelona realicé algunos reportajes a gente que vivía de ello. En particular a un tragafuegos alemán y golfo con más quemadurás que satanás. Por eso sigo sin entender como la gente puede darle ni un centavo a los rumanos del acordeón. Tocan mal, muy poco tiempo y farfullan cuando no les das nada. Te faltan al respeto a la mínima. Insultan a los camareros que están trabajando y extorsionan al resto de músicos callejeros.

Tengo un amigo que es Rumano, joven, y violinista de los que te dejan sin respiración después de marcarse un Paganini. Músico de los buenos que malvive dando calses, tocando en orquestas repertorios de zarzuela, y también de vez en cuado tocando en la calle. Pero casi no puede. Él llega a un sitio, pide permiso muy educadamente a los camareros, afina el volín, y luego toca más de veinte minutos. Mínimo tres obras, aunque depende del calor. El sol desafina las cuerdas y te cuartea la madera, así que tampoco puede jugar demasiado con un instrumento que le costó más de ochomil euros y todavía está pagando. Pues bien, a pesar de ser rumano, los del acordeón le amenazaron, le rompieron el violín, y llegaron a pegarle para que no tocase. Una vergüenza, oigan.

Ya que la policía está muy ocupada apaciguando el territorio comanche de Malasaña y no le importa lo que hagan estos Rumanos indecentes, propongo que no les demos nada en absoluto después de tocar esa insufrble melodía. Propongo también que pidamos a los responsables de los bares y terrazas que conozcamos que no les dejen tocar ya que creo que es una molestia para todos. Creo que deberíamos correr la voz y cuantos más sepamos la clase de gentuza que son, menos ganarán y puede que se cansen de dar por culo.

Digamos que hoy me he levantado reivindicativo y obtuso. Sí, tengo mala leche y no ha sido un buen día ni lo será. Pero al margen de mi personal mal humor hay algo que siempre he detestado. La gente que pretende ganar dinero sin hacer nada.

Los odio.

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