Dos breves historias



Se llama Dacian y os hablé de él el otro día. Llegó a Madrid con su violín bajo el brazo hace casi tres años. Las pasó putas al principio y después de todo este tiempo las cosas no han cambiado demasiado. Músico callejero demasiado educado para ser realmente callejero. Un día se cayó por nuestra terraza y lo adoptamos con la naturalidad con la que ofreces café a tu cuñado. Siempre está en permanete estado de soledad y depresión, en constante conflicto con su novia y con el mundo. Sueña con irse cuanto antes a vivir a Irlanda, donde cree que puede tener más fortuna con su arte.

En Rumanía lo echaron del conservatorio por grabar discos como concertino sin pedir permiso. Algo totalmente prohibido para un estudiante, aunque él era un violinista aventajado. La depresión le duró dos años, dos años sin violín, dos años de alcohol y trabajos basura. Luego vino a España a probar suerte. A empezar de cero con el valor y la insolencia que le dan sus veintipocos, con el miedo y la incertidumbre en los huesos y en sus cuatro cuerdas.

Ella se llamaba Ioana. Una noche salí de mi pecera y caí en su barra. Le pedí una caña y le pregunté que tal. Eran otros tiempos, más oscuros y solitarios incluso que estos. Ella me contestó y me dio charla un buen rato, luego me prestó un libro de Paul Auster que guardaba debajo de la barra para ocasiones como esa. Algo sobre un actor de cine mudo, ya sabeis, esas cosas. Nos hicimos amigos de inmediato.Vivía una aventura fuera de su Grecia natal, una aventura sin fecha de caducidad me dijo un día. Soñaba con ser actriz o bailarina mientras su último examen de empresariales esperaba a unas horas de vuelo. Amanecimos durante un mes de Agosto en cualquier esquina de la Latina, apurando cigarros antes de parar un taxi. Así era la griega en aquel tiempo.

Una noche, al sexto vozka nos hicimos promesas que no hemos cumplido. Una noche, su novio la dejó, o eso le pareció a ella. Una noche lloramos abrazados en su barra mientras los clientes desviaban la mirada. Una noche me llamó para decirme que su examen ya estaba sobre una mesa en Atenas, adiós mi niño. Desde entonces nunca me ha cogido el teléfono. Mejor así.

Hace un par de veranos decidí juntarlos a los dos en una mañana aburrida. No sé muy bien lo que pasó, pero así es como lo recuerdo.

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