El camino de la cábala

La chica de la tienda de jabones llegó un poco tarde. No me importó la espera, a pesar del frío, de la gente guapa en sus terrazas y de la incertidumbre que me producía pensar que ella estaba en otra galaxia en ese mismo instante. Pilotando una nave en mitad de la oscuridad.

La chica de la tienda de jabones tenía el pelo corto y un tatuaje en el mejor de los sitios posibles. Hablaba con acento argentino y sonreía mucho antes de que la cuchara tocara el suelo.

Esa noche fue linda en el sentido más exacto de la palabra. La charla, el viento, las cañas y los cafés. El paseo, el frío, los besos y el portal.

Fue el invierno pasado, me parece. Un invierno largo y tonto como casi todos. La chica de la tienda de jabones leía, escribía, hablaba y escogía siempre el peor momento.

Me regaló un libro de auto-ayuda cuando se fue. Eso fue todo, un libro de autoayuda con una frase de Madonna en la portada. El camino de la cábala y tal.

Un libro de auto ayuda sobre mi mesilla. Acontecimientos como este le hacen pensar a uno si la soledad es el mejor momento para conocer a alguien. Puede que lo mejor sea prender fuego a todo y quedarse a contemplar la pira.

Pese a todo guardo un buen recuerdo de esa noche, de la siguiente, de los masajes y de una pregunta que me hizo. Una pregunta con sabor a incienso y velas que susurró a mi oído como si tuviera cuerpo.

La chica de la tienda de jabones no sabía qué estaba haciendo en mi colchón, y si lo sabía, no me lo dijo nunca.

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