Carta

Camina, camina, chaval.

Un día descubres que aquella carta de despedida caducó ayer. La escribiste con el corazón, de madrugada, ayudado por dos vozkas de más, con miedo en cada una de las letras y con algo de mala leche. Las despedidas se hacen así o no se hacen.

Hace mil años de eso, pero hoy has decubierto que el moho acumulado no deja ver sus líneas. Iluso.

Alguien me ha hecho recordar y como casi siempre, me he lastimado al hacerlo. Nunca sabes que día te toca dejar de vivir el presente y volver la vista atrás. Oyes un comentario y te acuerdas de esa historia imperfecta en tres actos. Recuerdas los diálogos escritos por el cerrajero del barrio, ese que copia las llaves de los sueños. Siempre sabes que algún día tendrás que dejar de usar esa llave, sin embargo te gusta ir alcerrajero. Supongo que se parece a regalar bombones. Compromiso lo llaman.

Aquella carta no era ni corta ni larga, pero decía las cosas necesarias para que durara siempre. Decía que me daba igual no ser amigos, que le guardaba cariño, que las camas de Ikea son un rollo y algo sobre unos geranios que no recuerdo. Ojalá las chicas me escribieran ese tipo de cartas, ojalá las chicas necesitaran tanto como yo poner un punto final en la última página del cuento. Debe ser bonito recibir algo así, aunque no estés en tu mejor momento y pierdas el equilibrio y necesites otra copa para leerla y las heridas no dejen de sangrar y sepas que no te la mereces. Recibirlas te dan derecho a quemarlas pero no ha dejar que el tiempo las pudra.

Entonces te cruzas con alguien que te pregunta por ella y piensas en la carta. Y te pudres.

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