Zapatillas

Es un exyonki como otro cualquiera. Uno de esos que dejaron la cabeza en el proceso. Limpio pero con el cerebro en otra parte, seguramente en las calles de malasaña en los ochenta, persiguiendo sueños en los portales, besando jeringuillas al ritmo de nacha pop.

Vive cerca de un estanco, por la Latina. Calza deportivas extremadamente blancas para el conjunto de su indumentaria, consistente en una camisa oscura que algún día fue de cuadros azules y un vaquero que algún día fue eso, un vaquero.

El hombre está acabado. Se sienta, se levanta, mira pasar a la gente todas las tardes, fuma, escupe. Rutina. Tiene la mala educación muy arraigada, podría decirse que es genética. Un cigarro. Me das cincuenta céntimos para llamar. Eso es todo lo que dice el muy hijodeputa, no se lo curra nada, francamente.

La cara demacrada y tostada por el sol, chupaíllo, sucio, alto y con una mirada que está perdida, pidiendo la cuenta para salir de este mundo cuanto antes. Eso es todo, francamente no da para más el tipo.

Sin embargo, me lo imagino volviendo por las noches a su casa, o a sus cartones o donde demonios vaya cuando ya no lo vemos en su esquina. Me lo imagino descalzándose las deportivas blancas, impecables, colocándolas en algún lugar seguro con gesto reverencial. Usando quizás un cepillo de dientes para limpiarlas cuidadosamente bajo la luz de alguna farola.

Un ritual absurdo fruto de algún momento que su cerebro se esfuerza en descifrar. Una costumbre que morirá con él antes de que nadie le pregunte por qué demonios haces eso tío. Cómo es posible tron. En que momento perdiste la chaveta.

Te pago una birra pero dime, a cual de todas las chicas a las que amaste, te recuerdan esas jodidas zapatillas.

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