Tartamudear

Cuando eres tartamudo siempre te echas la culpa. Piensas que algo estás haciendo mal. No tengo confianza en mí mismo, elijo las palabras incorrectas, algo se me escapa.

Al contrario de lo que se piensa, la gente no suele reirse de ti. Al contrario, lo normal es que escuchen con atención y respeto fingido. Te miran la boca y ponen esa carita de pobrecito que penita más grande.

Mientras, tú te atragantas y no logras arrancar esa puñetera palabra, piensas qué coño me mira ese imbécil y deseas con todas tus fuerzas que te interrumpa o que se ría de una vez por todas. Todo con tal de no tener que seguir intentando acabar la frase.

Al principio piensas que si tartamudeas es por que lo que vas a decir no merece la pena. Lo piensas antes y en tu cerebro el lenguaje fluye como los ríos esos de los documentales, cuando se ve surcado por una canoa, sin esfuerzo, elegante, silencioso. Aprendes a estar callado y escuchar. Hablas lo imprescindible.

Si eres chica y conoces a un chico de esos que te escuchan sin interrumpirte, que te miran a los ojos y parecen interesados siempre en escucharte. Si conoces a uno de esos chicos de los que siempre es fácil enamorarse. Uno de esos con los que puedes charlar toda la noche, el chico al que llamas cuando piensas que solamente él puede entenderte. No lo dudes, ese chico fue tartamudo en su momento. Ese chico ha aprendido a escuchar y a medir sus palabras.

Entre nosotros nos reconocemos. Es algo que nos tocó pasar en su momento, igual que la varicela.

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