Uf!

Estoy escribiendo, son las tres y cuarto de la madrugada, escucho a los piratas y me da igual todo lo demás. Me duelan las piernas, la cabeza y el corazón. Tengo que seguir escribiendo todo este rollo hasta vomitar, hasta que no quede nada dentro. Hasta que salga el sol por donde cojones le de la gana. Hasta que se mueran todos los poetas que se llevan a las chicas, todos los músicos que se las follan mientras tu bajas a por hielo, todas las niñas que te sonríen desde el final de la barra y luego te invitan a un vino, y que lindo eres, ojos negros tienes.
Hasta que se mueran todas las chicas que te recuerdan como el único tipo que les cayó bien la otra noche, la noche que se follaron al ingeniero de la camisa planchada. Hasta que se mueran todas esas chicas que tienen tu teléfono en el móvil y siempre, cuando están a punto de llamarte se cojen un dvd y se van a casa. Escribiré hasta que alguien dé un golpe en la mesa y diga hasta aquí hemos llegado. Escribiré hasta que pueda olvidar aquella noche maldita en la que los taxis eran calabazas y recogían cenicientas, mi cenicienta, aquella que se moría por dibujar sonrisas. Calabazas que aparecían en medio de la noche para llevarla a Cibeles, donde un cuerpo caliente la esperaba, dejando atrás la decepción de un chico solitario sin nada de alcohol en su casa de las Vistillas.
Escribir hasta que la presidenta de la comunidad, después de decirte que nadie la ha follado como tú, reconozca que te amó y que quizás te ama, todavía. Sábanas sucias y la filmoteca cerrada, bonito día libre en el centro de Madrid. Rodeado de gente guapa, de gente entretenida en sus terrazas, en sus cajones desordenados. Escribir, sin más, con la esperanza de que nunca te falte comida que echarle a la pecera.

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